Un día decides “coserte” la boca, parece tan sencillo, tan correcto; quedarse callado haciendo nudos en simultaneas partes del cuerpo que logran destrozarte la inocencia, la fe. No se encuentra el sentido que vuelca las emociones.
¡Aprendes a restringir esa ingenua mente soñadora que hace mediocre la realidad!
Conoces cárceles donde vagamente habitan recuerdos pobres de quién creías que serías, conocías. Y llega el día. Nada glorioso, nada que se asimile a una brisa iluminando lo bella que es la vida, pero si acelerando el latido, diciendo que es el momento de hablar.
Cuéntalo todo. Muéstrate y libera cuan retorcida es tu voz y que tan escamosos son tus ojos.
No más pereza; deja de alimentar el miedo, sólo produces telarañas en el camino.
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